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Arte y patrimonio arquitectónico rural

Acostumbrados a una visión urbana y culta del arte, se nos escapa un arte valioso que el hombre ha venido elaborando a lo largo de los siglos.

Este arte se ha desarrollado en lugares a los que nunca han llegado ni reyes, ni obispos, ni siquiera galeristas... me refiero a la arquitectura tradicional.

Entramos con este planteamiento en un ámbito difuso. La primera cuestión sería establecer si hay arte en la arquitectura tradicional, habitualmente definida por su absoluta funcionalidad y economía de medios.

Sobre los límites del arte

El siglo XIX inició una revisión absoluta del concepto de arte emanado desde el final del medievo y –sobre todo- en el Renacimiento. El crecimiento de las burguesías, el cambio de status de la realeza y el clero, el surgimiento de museos, etc. propiciaron que se revisaran las barreras de lo que se consideraba arte. El artista –a partir del XIX- pudo despreciar la fidelidad a los modelos, experimentar, construir en desacuerdo con la narración histórica.

Desde entonces el arte comenzó a ser crecientemente producto de masas. Y en esa gran conmoción, la sociedad empezó a debatir qué era y qué no era arte. Se plantearon difíciles cuestiones. ¿Hasta qué punto es arte un interruptor de la luz pintado exteriormente de blanco y expuesto en un museo y no lo es un interruptor exactamente igual, encalado, en una pared de la casa de la orilla del Mediterráneo?

El problema está hoy a la orden del día. Multitud de espectadores ven en salas de arte instalaciones de piedras, objetos en desuso o pilas de maderas y se preguntan si eso es más arte que el adorno floral o reticulado que realiza un pastor para embellecer un bastón de roble. Y cunde la sospecha de que nos están vendiendo como arte aquello que un grupo de gurús adjetivan como artístico, una elite legitimadora sobre la que pesan dudas de legitimidad.

Ha sido éste un tema polémico, especialmente en el transcurso de todo el siglo XX. Peggy Guggenheim, en su memorias, Confesiones de una adicta al arte, recuerda que en los años treinta intentó llevar a Inglaterra una muestra de esculturas. Allí estaban presentes trabajos de Duchamp, Arp, Brancusi y Calder. En la aduana inglesa prohibieron la entrada de las obras como exposición de arte, por lo que introducirlas en el país costaría mucho más dinero. En el dilema se pidió consulta al director de la Tate Gallery, quien dictaminó que aquello no era arte. Hubo protestas de críticos y el tema llegó hasta la Cámara de los Comunes, donde –atizados por la polémica- los políticos permitieron la entrada de “aquello”, como arte.

El debate sobre lo que es arte o no tiene calado e historia. Personalmente, estas cuestiones me afectan. Como periodista, todas las semanas acostumbro a escribir un reportaje de arte que se publica en varios periódicos del mundo, y siempre temo confundir al lector. Por ello, en la duda, a veces recurro a opiniones de otros, para no comprometer mi palabra. Acaba de presentarse, por ejemplo, en el Reina Sofía, una muestra sobre Francis Alÿs, un artista belga y residente en Ciudad de México, Alÿs es un artista muy cotizado. Desde 1991 varias instituciones prestigiosas de Europa y América le han dedicado exposiciones monográficas. Personalmente creo que Alÿs se ha “colado” en la institución. Creo que más que artista plástico es un genio del marketing. Son famosos sus paseos. En México, en 1991, sujetó con una correa a un perro imantado que iba atrayendo a su paso los objetos metálicos. En 1995, en Sao Paulo, hizo un paseo con una lata de pintura cuyo contenido se iba cayendo mientras avanzaba. Agotada la pintura, y perdido, rehizo sus pasos siguiendo el rastro marcado. En el 2001 envió a la Bienal de Venecia un pavo real, como emisario que recorría los distintos espacios expositivos. También protagonizó uno de sus paseos el traslado del museo de Arte Moderno de Nueva York(MOMA) a su nueva sede temporal en Queens. Puedo reconocer su capacidad para el show, soy más cáustico en su capacidad pictórica (puede llamarme hereje, si quiere) por ello, en mi crónica me limité a transcribir opiniones ajenas, las de Enrique Juncosa, comisario de la muestra, o J. M. Bonet, director del Centro de Arte.

Para definir donde hay arte, podría recurrir al reciente libro de Artur C. Danto, Más allá de la Caja de Brillo, donde se plantean los cambios de la sociedad occidental a la hora de percibir lo que es arte, en la actualidad. En él, define que “lo que hace de algo una obra de arte es el hecho de que encarna, tal como una acción humana encarna un pensamiento, algo de lo que no podríamos formarnos un concepto sin los objetos materiales que transmiten su alma”. Hay una neta diferencia entre lo que es útil, el artefacto, y la obra de arte. Ésta “encarna un pensamiento, tiene un contenido, expresa un significado”. Esto serviría también para entrar en la relación arte/arquitectura tradicional.

Unas referencias a la arquitectura tradicional de La Cabrera.

Aislada en un apartado rincón del noroeste de España, lejos de ciudades, ferrocarriles o autopistas, pervive una zona de sabor profundamente arcaico que conserva –sin duda- una de las arquitecturas populares más antiguas, desconocidas y valiosas de Europa: se trata de la región montañosa de La Cabrera.

La comarca, en el sur de la provincia de León, al lado del Teleno, monte divino para las tribus astures que hace dos milenios combatían frente a Roma, es abrupta y bella; con diminutos poblados de casas de piedra cubiertas de paja de centeno o lajas de pizarra, rodeados por bosquecillos de robles o castaños y al lado de corrientes de agua siempre cristalina.

La arquitectura rural más antigua está directamente vinculada a la Edad del Hierro. En los pueblos, semiabandonados, abundan las construcciones de un valor notable. En el extrarradio se hallan los pajares, de escasa altura, techados de paja de centeno y con una sola abertura al exterior, el rústico portón de madera. Son similares a las construcciones de los astures investigadas en castros y coronas por el arqueólogo Francisco Javier Sánchez-Palencia. Tal vez, incluso, algunos de estos humildes edificios pueden haber sido viviendas en siglos lejanos, transformadas en pajares cuando el hombre abordó otras técnicas constructivas y se mudó a casas mayores, con nuevas comodidades. Aún queda gran número de estas reliquias ancestrales.

En el centro de los pueblos se ven otras edificaciones más modernas, de piedra, con tejado de losa, y magníficos y variados corredores de madera. Frecuentemente llaman la atención los hornos de pan, abombados, muchos de ellos ubicados en alto, como nidos de antediluvianos “pájaros forneros”.

Las casas se apretujan en el centro de las poblaciones, intentando aguantar la dura climatología y a las soledades. La mayoría están deshabitadas, aunque algunas revelan la pervivencia del hombre merced al humo que surge de las chimeneas, chimeneas con diversas formas, que frecuentemente rememoran la imagen de austeras pagodas de un paisaje de verde y silencioso.

Solamente vamos a tomar unos ejemplos de esta arquitectura rural para romper la vieja idea de que todo responde a la funcionalidad y al empleo mínimo de los recursos.

El primer ejemplo es la pared de la humilde edificación de Corporales. El artífice (arti-fice) fue tal vez el mismo agricultor que aprovechando los días del otoño, cuando ya se había recogido la escasa cosecha, utilizó las técnicas que ya usaban los astures hace dos milenios. Véase el dibujo del arqueólogo Sánchez Palencia [1]. El constructor aprovechó la existencia de piedra de cuarcita y pizarrosa para establecer unos lineamientos horizontales y culminó el ornato con el dibujo de una cruz. No sólo hay utilidad en este edificio; hay destreza, habilidad, genio, ideología... Hay arte.

Otro ejemplo cercano, en el pueblo de Villar del Monte, una joya que debiera ser Patrimonio de la Humanidad. Veamos la pequeña edificación. La tecnología constructiva es más avanzada. El cubrimiento del techo ya no se hace con bálago sino con lajas de pizarra. Pero examinemos la chimenea, una chimenea que desafía las leyes de la lógica y la economía constructiva para acabar siendo una especie de pagoda que emerge en el mar azulado de la pizarra. Una vez más, el artífice culmina la obra arcaica y austera con una apoteosis que poco tiene que ver con la escasez de medios. Al fondo de la foto puede verse otra chimenea, lógica y austera. No cabe duda de que un individuo ha hecho arte, un arte que nunca pasará a los museos y que tal vez acabe siendo derribado para construir una casa de bloques y cubierta de uralita...

Con dos ejemplos basta. Hay que incorporar la arquitectura popular a las enciclopedias de arte, hay que inventariar y salvar. Porque el arte está en los aleros, los ventanales, las balconadas o las chimeneas... Porque en la casa tradicional late el genio del su creador, la ideología, la creencia, el orgullo, la estética y la filosofía.

Para Arthur C. Danto, había una brecha abierta entre el arte y la vida, y por ello surgió el arte pop. Al reconocer el arte de Warhol, su Caja Brillo o sus rostros de Marylin, se reconciliaba el hombre corriente del siglo XX y la elite artística.

Ciertamente, ha habido una reconciliación con la sociedad urbana, pero allá a lo lejos, queda aún pendiente otra reconciliación con lo rural, con los artífices que construyeron –y en algunos lugares aún construyen- una arquitectura en la que se aúna el sabor del arcaísmo y el refinamiento creativo.

Y es ilógico este olvido. Aquellos que en el final del XIX descubrieron que había arte en las máscaras africanas, y las valoraron para ubicarla al lado de las esculturas de Brancusi, no tuvieron la generosidad o –tal vez- la visión de rescatar la arquitectura popular y acercarla al lado de la obra de gentes como Frank Lloyd Wright.

Tomás Alvarez

Dentro de Crónicas
Casa primitiva en Corporales, con hiladas de piedra de pizarra(azulada) y cuarcita(blanca) rematadas en la cimera con una cruz de cuarcita.

Fotografía de una curiosa chimenea, en el mar azulado de las pizarras de Villar del Monte, una población de increíble valor constructivo, vinculado directamente con modelos astures.

Estampa campesina en Robledo de Losada.